jueves, 21 de junio de 2007

El cielo que despierta

Hace poco rato que mi buen amigo Antonio Reseco se ha marchado de mi casa. Ayer por la tarde decidimos vernos hoy en Cáceres y comer y charlar y tomar café. Y hemos conseguido cumplir nuestro objetivo, aunque con más prisa que pausa.
Desde la última vez que nos vimos seguimos hablando muy a menudo. Antonio es de esas personas que no te dejan indiferente. Teníamos tantas cosas que contarnos que casi nos quitábamos la palabra uno al otro, atropellándonos, saltando de tema como quien pasa las páginas de un hermoso libro que no está dispuesto a soltar. Hemos comido repitiendo el mismo menú, coincidiendo en impresiones y pensamientos; sigo diciendo que nos parecemos muy mucho. Creo que ya me ha perdonado no acompañarle en su invitación para ir a Madrid en unos días a ver a los Rolling Stones; entre risas le comento que yo pensé que uno había muerto al caerse de un árbol (cocotero, apostilla él), que subirán al escenario entablillados.
Qué suerte tengo de contar con su confidencialidad. Me dice que tiene página web, un nuevo poemario terminado, varios relatos breves con forma de libro, ideas editoriales sumamente atractivas; y además me da buenos consejos, de esos de verdad que sólo regalan la gente que te quiere. Se ha marchado en un coche enorme, con su corbata recién planchada, camino de Villanueva, y en el maletero la promesa breve del reencuentro. LLego a casa y tengo encima de la mesa pendiente de leer El Cultural de hoy. Es casi tan pobre como siempre. Mucho más jugosa la conversación amplia, iluminada de Antonio. Cojo de la estantería su poemario Geografías y releo "Insomnio", aquel poema que me atrapó hace ya mucho:
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localizada, en la soledad del asfalto,
aparece una marca de brisa fresca
que va doblando el tablero de la noche
y azula el fondo de su decorado
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Un fondo que me lleva irremediablemente a una mañana luminosa en Alburquerque, en un pequeño hotel de las afueras, junto a Chema Cumbreño. "A estas montañas sólo le faltan esas letras como las de Hollywood", fueron tus palabras. Luego vendrían los poemas disfrazados de catanas de arena, Daniel Casado y nuestros juegos nada inocentes sobre un olvidado tobogán... Gracias amigo por anotarme desde entonces en las páginas de tu viaje. Espero seguir estando a la altura.