
Ella justifica su adicción alegando que la mayoría de sus amigos tienen una tarifa para mandar mensajes de forma ilimitada y se intercambian muchos mensajes al día; y que en Navidad además se aburre mucho. Y todo esto defendido sin complejos ni remordimientos.
Sus pobres padres han decidido -por el bien de la economía familiar- hacerle un contrato de envío ilimitado de mensajes por unos 30 dólares. Aun así la pequeña será "castigada" sin mandar mensajes después de cenar ya que el padre, de 45 años, reconoce que a él también le encanta el teléfono móvil y envía una media de 900 mensajes al mes...
El mundo está loco pero al menos el ser humano se comunica con sus semejantes. Lo triste es pagar por ello.