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¡Oh, la saeta, el cantaral Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
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Me llama mucho la atención la ignorancia con la que todavía muchos se acercan a este poema. Remito a un artículo del profesor Guillermo Sánchez Vicente titulado "La antisaeta de Machado" (2004) donde se recogen varias interpretaciones antológicas de Sánchez Barbudo o Laín Entralgo para llegar a una iluminada conclusión personal:
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En "La saeta" Machado afirma claramente que la religiosidad popular no es su cantar. La Semana Santa andaluza adora a un Cristo eternamente crucificado que el poeta rechaza. [...] Machado detesta esa religiosidad, pero no lo hace partiendo de una actitud irreligiosa, sino desde otra actitud religiosa, mirando hacia "otro Jesús". El poeta se distancia nítidamente de la idolatría folklórica y del culto a la muerte, para afirmar su particular fe en la vida; esta posición entronca tanto con su humanismo vital como con su fideísmo evangélico (los dos polos entre los que bascula su espiritualidad). [...] Cristo vence a la muerte, simbolizada por el mar, y el poeta pide con brutal sinceridad la presencia del Cristo mayestático que triunfa sobre el mar; o, con otras palabras, el milagro. Lo entiende como afirmación de fe: andar en el mar significaría moverse en el misterio del más allá, en el que se cree a pies juntillas.
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