
Es el patrón de mujeres estériles, viajeros, pobres, panaderos, albañiles y papeleros. Se le invoca para hallar objetos perdidos y para pedir un buen esposo/a. Es interminable su lista de favores a cambio de ciertas limosnas especiales que se dan para obtener su intercesión, que comenzó a practicarse en 1890.
Siempre me entusiasmó, desde niño, cómo en mi casa se rezaba a San Antonio (tradición bien heredada) para encontrar las cosas que se nos perdían; siempre aparecían. No hay ninguna explicación sobre el motivo por el que se le invoca para eso, pero es muy posible que esa devoción esté relacionada con un suceso que se relata en la Chronica XXIV Generalium (núm. 21): un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba San Antonio; el santo oró para que fuese recuperado su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio ante una aparición terrible y amenazante que lo obligó a regresar al convento y devolver el libro.
Desde el siglo XVII se ha representado al milagroso San Antonio con el Niño Jesús en los brazos, pero en las representaciones anteriores (aunque en ocasiones con un lirio en las manos y también junto a una mula) aparece sin otro distintivo que un libro.