
Una pena que su obsesionada mentalidad izquierdista girada hacia la derecha le impidiera dedicar su talento a la literatura... No sé ni siquiera por qué hoy hablo de él. Echaré de menos su bufanda blanca al cuello de Valle-Inclán en una noche fría de Madrid y sus gafas de pasta negra que hablaban mucho de sus temores. Se llevó un Cervantes y un Príncipe de Asturias quizá exagerados. Se le resistieron dos sillones, a cual más cómodo: en la Real Academia y en mi biblioteca. Descanse, por fin, en paz.