
Esta mañana Emma y yo hemos madrugado poco para acercarnos a la Fundación Rafael Alberti. Hace más de dos años que no paseaba a la sombra del Castillo de San Marcos, pero cuando me he puesto a caminar por la calle Santo Domingo sentí el mismo cosquilleo del primer día. Y me volvía a imaginar a ese niño revoltoso buscando por las azoteas a Milagritos, escapando a las arenas de la playa más cercana, paseando por la orilla del río Guadalete. En la puerta de la que fue casa del pequeño Rafael me he reencontrado con mi querido Paco, que nos recibe con un abrazo cariñoso, lleno de nostalgias. Hemos pasado a ver la exposición permanente, adornada con dibujos y fotografías, con versos y fuentes, con primeras ediciones y manuscritos. Y de nuevo la emoción, aunque ahora con los ojos y el corazón encendidos como nunca. Se agolpan de repente muchas imágenes que no abandonan mi memoria: mi segundo encuentro aquí con el poeta, conferencias compartidas con otros alumnos, la presentación de un libro mío, la complicidad de la poesía. Nos llaman al móvil para la ronda de cañitas y pinchitos; toda la jornada se ha teñido albertiana. Nos despedimos cargados con una bolsa de regalos y confidencias, de reencuentros y renovada amistad. Cuánta melancolía...