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Hemos pasado el día en
Numancia. Mucho viento hoy en el Cerro de la Muela de
Garray, a siete kilómetros de
Soria. Sobrecoge la magnitud de este legendario pueblo celtíbero, la estructura de las casas, las murallas, la distribución
cuidadísima de cada elemento. Tras muchos años de resistencia, los romanos decidieron rodear a la ciudad con siete campamentos, de tal manera que a los numantinos (valientes guerreros y con veloces caballos) comenzaron a
faltarles alimentos. Viéndose conquistados definitivamente, decidieron suicidarse antes que caer en manos romanas. Se salvaron unos cincuenta, que paseó más tarde en Roma
Escipión como metáfora de grandeza e
imbatibilidad. Homenaje a esta leyenda es la acepción que da a la
palabra "numantino" el diccionario de la
RAE: "Que resiste con tenacidad hasta el límite, a menudo en condiciones precarias".
En el paseo por las ruinas me han venido inevitablemente ecos de Cervantes y también de Rafael Alberti en sus dos homenajes literarios a la ciudad, en forma de teatro. Además he conocido un cuadro poderoso del romántico Alejo Vera donde retrata El último día de Numancia (1881). Emma y yo nos quedamos con el mismo símbolo celta que los numantinos tallaban en puertas y ventanas; es el Triskel, tres cuerpos que giran alrededor de un mismo eje que representa la luz solar, el dios de la luz, la protección contra los malos espíritus y la noche... Al final decidimos traérnoslo también a casa.