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Qué tristeza tan honda es ver arder un libro... Recuerdo leer con verdadero desasosiego ciertos capítulos de Los libros arden mal de mi admirado Manuel Rivas el verano pasado. El libro como objeto de libertad, de la libertad de decir, de pensar o actuar, de hablar con los demás, de reflexionar en voz alta. De quemar libros se pasó a quemar a personas, un salto nada extraño en las mentes sucias de aquellos asesinos. Hoy se siguen quemando libros, quizá no con fuego pero sí con palabras desafortunadas; quemamos al libro y quemamos al autor. Que la memoria siga dándonos lecciones y no olvidemos quiénes somos y hacia dónde vamos. De dónde venimos lamentablemente es todavía motivo de resignación para muchos.