
Esta quietud casi total que me deriva mi esguince de rodilla izquierda me ha empujado a empezar a leer este segundo tomo desde la primera página. Recuerdos preciosos de antiguas y renovadas lecturas. Un apretado pero luminoso prólogo de Gonzalo Sobejano pone puertas al campo, abriéndonos este grupo de novelas evocadoras y puramente volcadas en la naturaleza y en su correlato objetivo más directo: el ser humano. Leo en este preciso momento el inicio inolvidable de Las ratas:
-
«Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en consejo. Los tres chopos desmochados de la ribera, cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con la punta hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera».
-
Me parece éste un reencuentro casi familiar con el Nini, un niño de pueblo que mucho tiene que ver con los amigos de El camino, pero como diferencia clave su soledad y su ternura hacia todos en un mundo de adultos que se le escapa. Le veo con los brazos abiertos, mirando al cielo, presenciando los cambios de estaciones, con sus matices de colores y olores, los animales y las plantas que caracterizan los distintos paisajes. Delibes ya se ha encargado de defender en más de una ocasión que ésta es su mejor novela. Estaba dudando qué lectura obligatoria seleccionar en este primer trimestre para mis alumnos de 4º de ESO; ya lo he decidido: Las ratas. Cuántos recuerdos imperecederos abrazan estas páginas nuevamente invitadoras. Miguel Delibes. Las ratas. Cuánta gratitud...