
Remonto el lunes más cansado que el viernes. Semana de exámenes con mis alumnos y cierres de programaciones, evaluaciones y viajes de fin de curso. Además del fallo de uno de los premios literarios con los que me comprometí este año. Que sigan bailando las cifras de los manifestantes, de trescientos mil a dos millones y pico... La diferencia es chica.
Yo voy camino del sofá, con mis galletas con leche y el pijama puesto. Ya se sabe que el mejor desprecio es no hacer aprecio.