Fui muy afortunado en compartir el centenario de su nacimiento aquí en Cáceres con su hija Elena, educadísima, sensible, pendiente siempre del homenaje sincero y emocionado a su padre. Yo era casi un niño cuando él murió. Del 27, que tanto me ha dado y seguirá haciéndolo, cronológicamente mi vida se cruzó con unos pocos, ya mayores: Aleixandre, Guillén, Alonso, Diego y Alberti. Sólo pude abrazar a Rafael Alberti, pero en ese gesto de admiración, de respeto, de agradecimiento y de afecto abrazé a todos. Mi querido Rafael, qué me gusta ver nuestras fotos y tus dibujos y dedicatorias...
De Gerardo Diego (amén de su labor de antólogo y sus maestras reflexiones literarias) me quedo con un buen puñado de poemas. Uno especialmente me embargó de emoción cuando por el mes de abril Emma y yo paseábamos por los márgenes del río Duero a su paso por la ermita de San Saturio en Soria; allí, una placa clavada en granito inmortaliza los versos que Diego regaló a este río y a los amantes que pasean por sus orillas. In memoriam, maestro:
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Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
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Indiferente o cobarde,
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
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Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
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Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
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Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
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Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,
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sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.
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