
Rafael Cadenas tiene una voz fuera de lo común. Pasea a tu lado, poniendo palabras a una conversación muda, a una reflexión compartida. Un verso rupturista y desafiante, siempre al lado de la marginalidad. Una palabra apoyada en el radicalismo pero que bebe de la memoria y no de caducos espíritus transgresores. Me recuerda mucho a Whitman, a ese viejo con mariposas en las barbas que tan bien dibujó Lorca en su Nueva York; a su autenticidad, a la correspondencia entre la palabra y la ética, a la búsqueda siempre de la integridad:
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Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
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Alejado de exageraciones verbales, Cadenas se desnuda en lo justo no en lo sencillo. En el silencio, en lo visible, en la desconfianza que encierra el propio ser humano en sí mismo. Una experiencia con la realidad más desencantada. Un diálogo consigo mismo como única solución para la comunicación con el otro. La voz de un yo múltiple rodeado de serpientes, de calles, de amor, de viajes largos y terrenos desconocidos, que "cultiva el arte de la escucha y que no se oye así mismo hablar".
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Palabras muy solas
de quien las pone
frente a la nada
que las pesa
y se las deshace
y se las arroja al rostro
para que las rehaga, firmes,
las reviva en su arder,
las llene.
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Están probadas
Están probadas
con la terrible piedra.
Han de sostenerse
como si esperaran.
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Ahora que se acerca el Premio Cervantes y que toca autor hispanoamericano, sería una buena oportunidad rescatar de nuestra ignorancia a una de las voces más auténtica de la otra orilla: Rafael Cadenas, venezolano. Es justa y necesaria su restitución a este país nuestro que sólo sabe mirarse el ombligo.
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Vives piel adentro.
Ignoras
que ser
significa: alcanzable.
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